Orgasmo primaveral



Doy un golpe. Ese ruido me hace sentir bien. Me acomodo y retiro la mano de la puerta. Ya está: silencio, soledad, kilómetros por recorrer, un enigma por descubrir. Respiro hondo e introduzco la llave que le da vida al motor. Nunca me ha interesado ese mundo, el del motor. Tampoco el de los coches. Coche: ruedas, movimiento, poco más. Caja que permite moverse. Desconozco nombres ni clasificaciones de los mismos aunque cuando uno me llama la atención, sin demasiado énfasis, me suelen decir que es de los caros. No sé. No le doy importancia, no ansío su estatus. El mío está viejo, sucio, con una baca y tres puertas, azul como la mar un día despejado con viento. Con viento porque si no, no estaría despejado.

Los kilómetros se sucenden y yo con ellos.

Cuando era niña, solía jugar a las aventuras. Cualquier cosa que tuviera que hacer era una aventura y todo estaba lleno de mensajes, descumbrimientos asombrosos y cosas curiosas que me comunicaba el instante que vivía. Observaba desde ese lugar, desde el asombro constante y la imaginación entregada. A veces aún me lo permito. Esos momentos como el actual en el cual me rindo a la enseñanza de la observación, el aprendizaje, o lo que sea que ese instante tiene para mostrarme. 
A través del camino observo la primavera ya desbordante aunque seca, demasiado soleada pero desbordante. La gente la ve verde. Yo la disfruto. Es tan sugerente…

Las ruedas empiezan a hacerme caso cuando entro en las curvas. Me gusta esa sensación de entrar en una curva cerrada pero amplia, esas que te permiten reducir y acelerar varias veces para poder salir de la espiral que parece cuando estás dentro. Reducir con el motor, con su bronco sonido y entonces, en ese instante mágico que sólo puedes percibir cuando te abandonas al acto, cambiar de marcha y apretar el acelerador pero sin que se ahogue, darle caña justo cuando lo necesita para que gane fuerza y salga con brío del lugar. Cuando trato de salir del lugar, ese bosque vicioso lleno de hojas tiernas y suaves, me encuentro con el camino de cotollas o tojo que tanto me gusta. ¿Habrá algo más gustoso que esto? miro hacia el cielo y es azul, con nubes blancas y luminoso. Cuando vuelvo a mirar hacia abajo me encuentro abrazando al bosque, encima de esa montaña bosque que vista desde lejos me ha parecido tan sugerente. Resulta que la puedo abrazar físicamente, ¿seré una gigante o esto se ha encogido? Me encanta el contacto de las hojas frescas pero también de las ramas y de los pinchos de algunas zonas de arbustos. Me rascan, parece que me quitaran una piel vieja que ya no me pertenece y permitieran aflorar otra. Eso sí, me dejan el regalo de la rojez y en ocasiones un poquito de sangre, pero ¡qué gusto me da cuando me meto en el charco, porque es un charco pequeño. Me pica, me escuece y me gusta. Disfruto de esa sensación que transmite a la piel, el placer que me proporciona el que se me rasque más allá de la caricia sin consecuencias físicas. El charco no tiene mucho barro pero cada vez es más y más que suficiente. ¿Vuelvo a ser enana? me regocijo ante el gusto suave y perfumado del olor a tierra, a brotes y a flores cercanas, a humedad con un punto de podrido, a vida y muerte. Y cuando por fin salgo y me seco al sol, ¡habrá algo mejor! sí, me dirijo hacia aquellos musgos de allí donde me apoyo cómodamente. Apoyada sobre mi pubis me elevan esponjosamente y abriendo mis brazos puedo volar. Observo el mundo desde arriba, o desde abajo, dependiendo de la localización de la mirada.

Un color parpadeante llama mi atención. Radar. Creo que me he emocionado con el fluir de los acontecimientos. Reduzco la velocidad dándole un diligente frenazo que me desagrada. Ha entrado en escena otra parte de mí que impone orden y vigilancia. Se acabó la fiesta. ¡Ay!, pero mira eso de ahí…¡cómo no me habría dado cuenta!

                                   Flores rosas de un jarrón de casa

Dedicado a mis mujeres de Astigarraga.

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