La muerte me está dando mucha vida



Ayer me tocaba ir al dentista. Mi habitual me había recomendado por motivos de distancia física ese sitio. Era mi primera vez en ese lugar. Me asustó que fuera tan grande, tan monstruoso, con tantas mujeres de traje y gafas de pasta amables y sonrientes. El local era tan blanco que me sentía como una mota de polvo incómoda. Todo nuevo, todo resplandecía como las dentaduras de las personas que aparecían en unas pantallas gigantes con mensajes cambiantes. Que si cómo empezaba la biblia con multirespuesta, que si las mandíbulas completas, que si la felicidad. Hablar de felicidad en esos términos y formas me resultó chocante, lejano, insólito.

Me habla la encantadora recepcionista. Tengo que rellenar una hoja llena de preguntas deprimentes y firmar. Respondo que no a todo: cáncer, melanoma, problemas de corazón… así hasta cuatro hojas completas. Un repaso por la geografía del sufrimiento humano. Sufrimiento físico, creo.

Me pregunta por qué miro así. Soy así, le respondo. Es mi forma de mirar y más en un entorno que me descoloca tanto como éste.

Entonces aparece la enfermera seductora y complaciente que me adentra en la nave nodriza y me lo vuelve a preguntar. Que si estoy bien, que si mi mirada. Me reitero en mi discreta verdad: soy así, perdona, añado.

Entonces llega el gran momento. Me lleva a una máquina de radiografías en tres dimensiones sacada de una peli de ciencia ficción. Después de encajarme la cabeza con unas paletillas y poner mi mandíbula en algo así como un bozal pero desinfectado, mordiendo un palito metálico, me pregunta si estoy cómoda. Obviamente no puedo responder con la boca en semejante dificultad oratoria. Al terminar, me dice: esa eres tú. Así, con su amplia sonrisa, me confronta con mi calavera. Me da pudor que esa desconocida enfermera me vea así, tan desnuda y con tanta impunidad. Lo primero que me sucede es el instintivo rechazo de la imagen craneal y luego, después del susto, la sonrío. Parece que ella también sonríe. Debe ser la forma ósea del invento éste corporal, una percepción mía. Es mi calavera, no puede sonreír. Me gusta que me lo parezca. Está bien enfrentarse de vez en cuando con la propia muerte, con la muerte que llevamos dentro y cualquier día saldrá fuera. La mía parece que sonríe. Me gusta.

La muerte me está dando mucha vida.

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