Sobre la fugacidad




Pienso en cómo sería el mundo si fuéramos realmente conscientes de la fugacidad de nuestra vida. Si el tabú de la muerte desapareciera. Si se tuviera presente de forma natural desde que nacemos. Si supiéramos el proceso y lo que sucede cuando llegue el momento de decir adiós a este traje al que llamamos cuerpo. Qué pasaría, en definitiva, si percibiéramos a cada instante lo increíble de estar palpitando y respirando. 
Creo que al acabar con la oscuridad de la muerte, daríamos más vida a la vida.

Acudiríamos más a los bosques, las montañas salvajes, la mar. Esos lugares que son más que otros fuente de inspiración. Quizás no pasaríamos tanto tiempo entre ciudades y autopistas, centros comerciales y tiendas, gimnasios y espejos.

Puede que nos arrebatáramos con mayor frecuencia ante las partículas de polvo en movimiento que advertimos a través de un rayo de sol que se cuela por la ventana en una mañana de invierno. O ante la curiosa forma que tiene el cuerpo de funcionar maravillosamente, en ocasiones muy a pesar nuestro. También podríamos maravillarnos de los mensajes que a veces, nos encontramos en un banco viejo de la calle o en un lugar olvidado de nuestra memoria.

Pero qué sería de tanto afán a comprar, a poseer, a la ensoñación de perdurar a través de los objetos. El modelo económico en el que nos sustentamos en la actualidad se desplomaría y una nueva forma de relacionarnos con el consumo, con los otros y con nosotros mismos emergería.

Si fuéramos conscientes de la fugacidad de nuestra vida.
                                                           
                                                                                                                            Foto de la casina de "Les covayes"

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