Sobre mi experiencia con el Yoga



Creo que tendría unos 15 años. Clase de filosofía. De repente, el profesor nos pide escribir una experiencia reciente. Era viernes. El jueves había ido con mis padres al concierto de la sinfónica. Me encantaba dejar de jugar para eso. Sí, con 15 años todavía jugaba. Afortunadamente aún sigo haciéndolo.

Me desparramé en el papel y describí lo mejor que pude mi viaje a través de la música, mis emociones y mi pérdida de consciencia del lugar en el que me encontraba; el teatro de una ciudad de provincias. Yo pensaba que eso le pasaba a todo el mundo y que por eso iban al concierto. Es lo que tiene ver el mundo desde una misma. Hay gente que lo ve desde sus hijos, otros desde su pareja, otros no lo ven, otros de muchas formas... ¡Hay de todo! ¡Ahí está la gracia!

El caso es que me mandó leer el texto en voz alta y al terminar me dijo que era una mística y además con complejo de castración. No entendí bien lo de la castración pues el relato era de puro gozo. Me callé, creo que gruñí disconforme pero me callé. Podría haberme preguntado qué tipo de droga había consumido, cosa que me ha sido cuestionada algunas veces ante mi estupefacción, pero no lo hizo. Recuerdo que yo pienso de forma automática que lo que vivo le sucede de forma más o menos parecida a todo el mundo. De ahí mi constante asombro vital al observar los universos ajenos.

En esa época ansiaba avanzar los cursos en el instituto para dejar de ir a gimnasia. Me gustaba correr, saltar al potro y jugar al baloncesto pero cuando la cosa se centraba en la elasticidad lo pasaba fatal. Lo único bueno de aquello es que era tan sumamente negada que me hacía la mejor de lo peor. Como soy competitiva aunque fuera a la inversa, me contentaba ser la peor. Pero me dolía. En el fondo me dolía y me ha dolido muchos años no entender a la gente cuando dicen “me lo pide mi cuerpo” y cosas así. Yo iba por un lado y mi cuerpo me acompañaba como podía. Era deportista pero a la vez torpe y desconectada de mi casa, mi verdadero hogar, mi cuerpo. Pensaba que acabaría convirtiéndome en un molusco y no tardaría demasiado tiempo. Esa idea que contaba cómicamente en el fondo no me hacía ninguna gracia.

Recuerdo de aquella época también, bajar con mi amiga del alma María la calle hasta casa después de las clases del coro en el conservatorio. Cantábamos a todo lo que dábamos el Réquiem de Fauré llorando de pasión y alegría. La música me lleva a tantos lugares…

Por eso cuando vivía en Lisboa y me hablaron de ir a una casa comunitaria de unas monjas lesbianas o algo así para meditar cantando, me atreví. Primero por curiosidad pero también por la posibilidad de cantar. Había muchas cosas que me chocaron al entrar en aquella casa-comunidad pero a los 15 minutos de raca raca mental ahí estaba yo llorando de emoción, cantando en sánscrito como si fuera mi lengua materna sin entender nada. Al terminar, cada cual se fue a su vida sin hablar unos con otros. Se me hizo raro pero también me agradó. Era como compartir un secreto con un montón de desconocidos y al salir, cada cual se escapaba a su cotidianeidad. Me encantó la experiencia, los viajes meditativos y bueno, cuando apareció un señor de naranja hablando ya me gustó menos y dejé de ir.

Pero las chicas eran profesoras de yoga en un centro cultural donde yo iba a dar raquetazos a una pelota y me apunté. Aquello era diferente. Respirábamos raro y hacíamos posturitas. Viví muchas experiencias para las que creo que no estaba preparada. Pero fue bello, las quería mucho y me encantaba. Pero no cantábamos. Empecé a curiosear otros tipos de yoga y me sorprendí con la diversidad y con que todos de alguna manera conectaran con mi naturaleza viajera universal y cósmica. Pero me fui encontrando con muchas aventuras complicadas, sobre todo con lo de respirar raro.

Un día llamé a un tipo de un cartel que vi en la herboristería del lugar en el que vivía en ese momento. Ya estaba en Pamplona. Me cogió alguien desde Gokarna, en la India. Al escuchar mi experiencia me dijo que él daba otro yoga, que igual no encajaba, que mirara por Internet. En Internet decía que yoga Iyengar era militar, físico y  también accesible, clásico, terapéutico y ¡por supuesto no cantaban!... Muchas opiniones y muy extremas. Decidí probar y la verdad es que me asusté. ¡¡¡¡En clase no había música!!!! Sólo yo y la voz de Mikel. Nunca he sentido la presencia de las otras personas en clase de yoga. Otra de las cosas que me mola puesto que me saca del rollo competitivo y sólo lo hago conmigo. Es algo muy íntimo. Me da exactamente igual lo que suceda alrededor y eso me relaja y me permite aceptarme sin compararme, cosa que no es poco. Total, que con su voz seca, sus indicaciones sin parar y dándome donde más me dolía pensé en dejarlo la primera semana.

Pero no lo hice.

A su manera me encerró en mi cuerpo y empecé a observar el mundo de otra forma. Empecé a percibir que podía dejar de ser una esclava de mis emociones. Más libre, más feliz. Me sentí menos manipulable y todo cambiaba al intuir lo que suponía despertar la inteligencia de mi cuerpo dormido. Ahora solo puedo agradecer a Mikel, a Fermín, a Nova, a Julio y Olga sus enseñanzas. Después de 9 años estoy en el principio del aprendizaje y eso me alegra porque hay tanto por aprender que es fascinante. Pero cuando en mi práctica personal en casa o donde me pille me preparo para empezar no sólo agradezco a estos profes. También a Patanjali, a todas las personas que permitieron que llegara hasta mi, todos los profes que me enseñan y enseñaron y también al de filosofía. Sí, aquel de la castración. 
Ese día empecé a aprender que no me tengo que avergonzar de sentir y de ser como soy aunque se me juzgue severamente. Me han llamado muchas veces muchas cosa muy opuestas entre sí. En el fondo soy todo eso: mística y racional, alegre y melancólica, fuerte y vulnerable, faltosa y amorosa, cuadriculada y completamente sin límites ni fronteras, dulce y salvaje, fuego y agua. Me hace gracia. Además tengo una tendencia y un gusto natural por la provocación. Pero esa es otra historia.
Lo que sí es de esta historia es que gracias al yoga Iyengar estoy haciendo de mi herida, de mi dificultad, de mi incapacidad física, mi fortaleza. Eso es muy importante para mí y si comparto mi forma de entender el yoga, es desde ahí, independientemente del apellido que le ponga.

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